Anel Flores Cruz

 

En un callejón oscuro se acercó a mí y me dijo que necesitaba que le ayudara, que su hijo estaba preso, que había matado a alguien.

Eso le decía a Luis hace unos días mientras rumbo a Etla le contaba mi sueño.

Todo el día pensé en esa mujer, que por alguna razón era muy cercana a mí. Usaba un huipil negro, como de luto. Detrás de su rostro se entallaba  una trenza muy larga que se desvanecía entre las raíces de un árbol que cubría su sombra.

Pensé que quizás eso podría ser un mensaje: alguien me necesitaba. Luego pensé en las historias metafísicas que la teosofía ampara con tanta seguridad. Quizás sí existen almas que en los sueños nos salvan y este era mi momento. Quizás tendría una experiencia surrealista que me conectaría con mundo menos ordinario o al menos tendría una historia para escribir y salir de mi profunda sequía.

Así pasaron las horas. Cada vez que recordaba a la mujer pidiéndome ayuda, me emocionaba la llegada de la noche, estaba excitada, algo pasaría.

La noche llegó y estaba lista. Cerraría mis ojos y entonces ella aparecería.

Algo raro pasaba, no lograba dormir.

Algo raro pasó. Son las cuatro de la mañana y sigo despierta.

Amanece. Amaneció. Alguien toca mi puerta.

 

 

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