jalapa

 

 

Teresa Cruz Calderón

Aún no aclaraba el día cuando llegué a la casa de mi abuela. Al entrar por la enramada, todo era silencio, todo era quietud; no pronuncié palabra alguna para no despertar a alguien, entré calladamente y me acosté en una de las hamacas que allí estaban.

 

Allí permanecí largo rato, adormilada, esperando el amanecer, de pronto, sentí unos suaves golpecitos en los pies, ¡oh!, eran dos niños que curiosos me observaban y luego sonriendo se retiraron y se acostaron en la otra hamaca.

 

Pasaron los minutos y empezó a aclarar el día, el ir y venir de mis primas al realizar sus actividades cotidianas me indicaban que yo estaba de visita.

 

Me levanté entonces de la hamaca y me asomé a una pieza de la casa, observé que cubiertas con sábanas blancas dormían apacibles mi abuela y mi tía Inés.

 

Sin decir palabra alguna di un paseo por toda la enramada, caminé en silencio recordando aquel lugar donde tantas veces jugamos cuando niñas mis primas y yo.

 

De pronto, vino a mi mente algo y apresuradamente salí al patio. ¡Oh! el árbol de mezquite donde amarraba mis tíos sus bueyes después de una jornada de trabajo. También estaba la carreta, nuestro lugar preferido para jugar.

 

Aún percibía el olor a pan recién horneado que hacía mi tía Adolfina, ¿pero dónde estaba mi tía? No la había visto desde hace mucho tiempo, tanto tiempo que su imagen se desvanecía en mis recuerdos. Claro, ella también dormía. Mi abuelita se me hacía presente, primero sentada en su butaca a un lado de la hornilla tostando sus tortillas en el comal, después fumando un cigarro y mirando al infinito. Mi tía Inés, delgada y regañona haciendo flores y adornos de papel.

 

Pero allí estaban, las veía acostadas todavía, dormían y así seguirán, no despertarán porque desde hace mucho tiempo las tres fallecieron. Solo fue un sueño.

 

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