Anel Flores Cruz

amorrbelde

 

Sábado 25 de septiembre

 

La ventana estaba a oscuras. Me lo esperaba. Antes —¿antes de qué?—, cuando por excepción yo salía sin Maurice, al volver había siempre un rayo de luz entre las cortinas rojas. Yo subía los dos pisos corriendo, tocaba el timbre, demasiado impaciente como para buscar mi llave. Subí sin correr, metí la llave en la cerradura ¡Qué vacío estaba el departamento! ¡Qué vacío está! Evidentemente, puesto que no hay nadie adentro.

 

Este es un fragmento de La mujer rota (1968), una de tres narraciones que constituye el libro de igual título escrito por Simone de Beauvoir; quizá uno de los más editados en Latinoamérica, y paradójicamente de los menos elogiados por estudiosas y estudiosos del legado de Beauvoir, escritora y filosofa francesa considerada como uno de los pilares del pensamiento feminista contemporáneo.

 

Monique, personaje principal en La mujer rota, es una mujer burguesa de más de cuarenta años de edad que tras regresar de vacaciones se entera que su pareja, Maurice, ama a Noéllie, su compañera de trabajo. A partir de este hecho, Monique, situada en la orfandad, describe en su diario el paroxístico dolor de la desolación y el despojo de la mujer que habitó desde hace veintidós años cuando renunció a sus estudios para casarse con Maurice, un médico reconocido: virtuosa ama de casa, madre de dos hijas adultas y esposa conferida en tiempo y cuerpo al amor. ¿Hizo algo mal?

 

Por fortuna, Simone de Beauvoir no pretendía ofrecer con este relato alguna lección moralizante, al menos no desde una moral patriarcal, ni mucho menos este título se perfila como libro de autoayuda; no obstante, sus recursos retóricos lo configuran un texto que en su contenido dice todo lo que una mujer enamorada no debe hacer.

 

Dos décadas antes de La mujer rota, Simone de Beauvoir ya había argumentado en El segundo sexo (1949), una de las obras más icónicas en la tercera ola del feminismo, que la palabra “amor” tiene distinto sentido para una mujer y un hombre, por ello los serios inconvenientes que suelen separarlos. Mientras el amor es en la vida de un hombre una ocupación, para las mujeres es un objetivo de vida, un acto de fe.

 

La suerte del hombre es que lo obligan a lanzarse por caminos más arduos, pero más seguros; la desgracia de la mujer es estar rodeada de tentaciones casi irresistibles; todo la incita a seguir por el camino más fácil: en lugar de invitarla a luchar por su cuenta, le dicen que se deje llevar. Cuando comprende que ha sido víctima de un engaño, ya es demasiado tarde, pues se ha agotado en esta aventura. (…) la mujer busca en su amante la imagen de un padre, pero éste deslumbraba a la niña porque es un hombre y no porque es el padre, y todo hombre participa de esta magia. La mujer no anhela reencarnar un individuo en otro, sino revivir una situación: la que conoció siendo pequeña.

 

Simone de Beauvoir creó en El segundo sexo nuevas categorías para explicar el amor de las mujeres desde la falta de libertad y de la experiencia subjetiva que se instala en la creencia de que la realización personal se encuentra en la unión a un hombre concebido con mayor importancia que una misma.

 

La mujer al asumirse como lo no esencial y aceptar una total dependencia, se crea un infierno. Toda enamorada se reconoce en la sirenita de Andersen que después de cambiar el amor su cauda por unas piernas de mujer, camina sobre agujas y carbones ardientes. No es verdad que el hombre amado es incondicionalmente necesario y que ella no le es necesaria; no está al alcance de él justificar a aquella que se consagra a su culto, y no se deja poseer por ella.

 

No amar no es una opción. Simone de Beauvoir tenía muy claro que para las mujeres la mejor manera de amar es amar en libertad, por ello, el amor debería asumir la contingencia del otro, es decir, sus carencias y sus limitaciones. Pretender ser una salvación es un error. Beauvoir planteó que mientras las mujeres no construyamos los contenidos de nuestra libertad y vivamos desde “el yo misma”, no podemos amar libres ni aspirar al amor en libertad. Es, en cierto modo, ser egoístas, aunque para la moral patriarcal esto sea reprobable para las mujeres.

 

Quizá lo más fascinante del universo beauvoriano es que a lo largo de sus publicaciones la autora construye en cada título, y como resultado de la vida compartida con su compañero Jean Paul Sartre, una ética amorosa diferente para las mujeres, fundamentada en la crítica de la moralidad femenina y masculina tradicional. Incluso Beauvoir va más allá cuando expone la complejidad que se genera entre dos libertades, tal como lo relata en La plenitud de la vida (1960), el segundo tomo de sus memorias.

 

Mientras Sartre tenía el mandato de testimoniar las cosas y de tomarlas por su cuenta a la luz de la necesidad», la misión de Simone de Beauvoir -como ella misma lo revela en La plenitud de la vida– era «prestar la  conciencia al múltiple esplendor de la vida y escribirlo a fin de arrancarlo al tiempo y a la nada». Ambos personajes debían moverse por diferentes partes del mundo, por ello definieron, sin deberes, un “amor necesario” y “amores contingentes”. Ambos debían ser conscientes de ser la persona más importante para el otro, pero convenía también dar cabida a los amores eventuales:

 

Éramos de una misma especie y nuestro entendimiento duraría tanto como nosotros: no podía suplir a las efímeras riquezas de los encuentros con seres diferentes. ¡¿Cómo renunciar deliberadamente a la gama de asombros, las ausencias, las nostalgias, los placeres que eran capaces de experimentar?! Sobre esto reflexionábamos largamente en el transcurso de nuestros paseos.

 

Visto en la lejanía del tiempo, la experiencia amorosa de Simone de Beauvoir continua encapsulada en la aspiración por la libertad y autonomía de muchas mujeres contemporáneas que sobrellevan el tránsito entre ser mujeres tradicionales y ser mujeres modernas; entre dar cabida a la supervivencia del amor tradicional o inventar nuevas formas de amar que no resulten en una catastrófica experiencia. Idealizar cualquier innovación amorosa sin considerar las desigualdades socialmente construidas y las historias personales sería un error, porque para dar cabida a nuevos pactos tendríamos primero que autoconcebirnos como merecedoras de amor y emprender el arduo compromiso con una misma.

 

 

REFERENCIAS:

De Beauvoir, Simone (2006). La mujer rota. Debolsillo, México, D.F.

De Beauvoir, Simone (1981). El segundo sexo. La experiencia vivida. Ediciones Siglo Veinte, Buenos aires, Argentina.

De Beauvoir, Simone (1982). La plenitud de la vida. Edhasa, Barcelona, España.

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