Anel Flores Cruz/

Oaxaca,Oax. “México es un país cuyos controles del Estado han colapsado desde hace años. Han colapsado a nivel municipal, estatal y, por supuesto, han colapsado dentro del gobierno federal. En un país donde los controles se colapsan, surgen masacres, grandes casos de desvíos de fondos, gobernantes que se dedican a hacer negocios en vez de representar a su país; surgen síntomas, crímenes de lesa humanidad”, expuso hace un par de meses en un medio nacional el investigador Eduardo Buscaglia.

Y en efecto, vivimos en un México grotesco, quimérico y expectante, donde todo pasa y todo puede pasar. Un día podemos amanecer con la noticia de que hay 43 estudiantes desaparecidos y otro día, nos enteramos de que Raúl Salinas de Gortari es exonerado del delito de enriquecimiento ilícito, por mencionar algunos ejemplos. Con el paso del tiempo, gran parte de mexicanas y mexicanos, hemos asumido que nuestra condición ciudadana se encuentra anegada en la cultura de la corrupción, de la violencia, de la inseguridad, de la impunidad, de la pobreza, del agandalle en todos los sentidos.

Sin embargo, aún en este México anegado se nos sigue olvidando que existe una parte más oscura que solo puede ser visible cuando, a conciencia, se repara en la víctimas colaterales, cuando observamos que la desigualdad, la omisión, la inseguridad y la impunidad se convierten en la combinación perfecta para que cualquier tipo de violencia contra las mujeres se sigan dando en la sombra y se sigan confinando como un problema privado, que no importa; porque cuando el Estado no da garantías a las mujeres y no crea condiciones de seguridad para sus vidas, los crímenes no llegan a su fin, por eso, los feminicidio son también un crimen de Estado.

Y sí, en esta crisis de violencia, heredada por tradición de sexenios anteriores y acrecentada como bola de nieve, hay víctimas hombres y mujeres, como también hay explicaciones distintas para entender el fenómeno, por ejemplo, se habla de pobreza, pero no se dice que la mayoría de las y los pobres en el país son las mujeres; se dice que por la delincuencia caminar en la calle resulta peligroso, pero no se particulariza en que las mayoría de las mujeres, además del miedo a que las asalten también tienen miedo a que las violen; se habla de los secuestros, pero no se menciona la trata; también desconocemos las razones por las que se mata a los hombres y por las que se mata a las mujeres, pues mientras que un gran porcentaje en la taza de homicidios en hombres (perpetrados por hombres) se inscribe en la inseguridad o como producto de la delincuencia organizada, a las mujeres se les asesina por su condición de género, es decir, porque se cree, en una sociedad que establece la superioridad de los hombres por encima de las mujeres, que se les puede matar.

 

Cómo hacer política desde el feminismo

En época de crisis se pueden agudizar dos cosas –como señala la antropóloga feminista Marcela Lagarde–, la rivalidad y la enemistad entre mujeres por la disputa, por oportunidades, por recursos, por los espacios escasos para las mujeres; y dos, puede ser que lo que prodigue sean las relaciones, las convocatorias para defender, compartir, cooperar, transmitir la experiencia y recibirla de otras mujeres.

Para enfrentar la crisis, como sugiere Lagarde, se requiere disentir del mundo hegemónico que acepta la desigualdad entre mujeres y hombres; de establecer nuevas relaciones entre las mujeres para hacer política desde una perspectiva feminista, de pensar en la sororidad, entendida ésta como una política para enfrentar la misoginia entre mujeres (que no significa necesariamente que debamos amarnos, ni fingir amor), pero sí compartir la misma mirada (las gafas de género); se trata de comprometerse con el empoderamiento y el adelanto de las mujeres y de encontrar intereses comunes para compartir una agenda política feminista.

Habría que preguntarnos de qué manera pueden converger los diversos feminismos y feministas para la concreción de una agenda, si en Oaxaca, como en muchas partes del país, se vive el feminismo de diferentes modos y en diferentes ámbitos, las hay académicas, políticas, activistas y  también las que solo se enfilan a trasformar su propia vida. Si bien, la diversidad ha enriquecido los campos de acción, también podemos observar que las feministas en México invertimos tiempo y energía en encontrar nuestras diferencias y en volvernos incluso nuestras propias detractoras. Es importante reconocer, que  más allá del derecho a la diversidad, tendríamos que superar los egos, escuchar a las otras, y eliminar las disposiciones sectarias y sobre todo, reconocer y desmontar la lógica binaria aristotélica, que interpreta al mundo solo desde dos polos, “es esto o es lo otro”, “o estás conmigo o estas contra mí”, “sino suscribe mi tipo de feminismo, no es feminismo”.

Respecto a la agenda feminista, Alicia Miyares, otra teórica feminista, señala que existe  una agenda planetaria que se reconoce en diferentes etapas de acuerdo al país, pero que se concreta en cinco principales puntos:  Acceso a la educación, que se deriva en el derecho a una educación no diferenciada, a garantizar el acceso, la permanencia y la conclusión en todas las etapas de la educación, entre otros; Acceso al poder, que se deriva del derecho a la paridad política; Acceso a la riqueza, que se relaciona con el derecho al trabajo, a la independencia económica; Derechos sexuales, que tienen que ver con el tema del aborto y la prostitución y, finalmente, Derecho a una vida sin violencia. En resumen, una agenda que no parta de cero y que reconozca nuestras necesidades, nuestras carencias y nuestros daños.

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