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Publicado en la revista El Topil y Oaxaca media en diciembre de 2014

Por Anel Flores Cruz

En el vértigo del sistema político mexicano, entre la noche y la madrugada, un 26 de septiembre, cerca de Tixtla, Guerrero, un grupo de jóvenes estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fueron interceptados por un grupo de policías municipales que tenían como consigna silenciar la protesta que realizarían el 2 de octubre. El saldo fue de 6 personas asesinadas, tres de ellos normalistas, a uno le quitaron, además de la vida, el rostro y los ojos; veintisiete heridos y la desaparición forzada de 43 estudiantes. Así comienza un nuevo capítulo en la historia de un país que padecía una extraña ceguera: veía con torpeza, intuía, escuchaba, comentaba, pero no dimensionaba la capacidad atroz de la desigualdad social.

Con el paso de los días, el “caso Ayotzinapa”, se convirtió en la puerta que dio acceso a nuestro territorio tártaro, ese que sabíamos que existía y no queríamos ver. A dos meses se han descubierto fosas, cadáveres de personas que aún no sabemos cómo se llamaban, y se registraron una serie de hechos que provocaron el desvanecimiento de muchas mascaras: de los políticos corruptos, del ejercito, de las instituciones, de la corrupción, del sistema de justicia, de la inseguridad, de la represión, de la complicidad de los medios de comunicación, de los periodistas chayoteros, del clientelismo, de la indiferencia, del racismo, del clasismo, etcétera. Las y los mexicanos comenzamos en ese periodo de tiempo a conocernos con nuevos rostros, el caso Ayotzinapa nos permitió reconocer el inframundo del México actual, nos puso en crisis individual y colectiva, nos ultrajó, nos indignó y nos convocó. Hoy es un símbolo de protesta global.

Los alcances del caso Ayotzinapa no pueden entenderse al margen de los nuevos espacios de comunicación, los grados de participación social en apoyo, en México y en muchas partes del mundo, se han visto influenciados en gran medida por las redes sociales (Facebook y Twitter) que han mantenido la agenda pública y ha consagrado el entusiasmo participativo. Me atrevo a señalar que la utilización de las redes sociales ha estimulado la crítica y ha dado al caso una dimensión simbólica y real de lo que representan un crimen de Estado. La información periodística, los aportes gráficos (memes), las discusiones en los muros, los hashtag, las reflexiones intelectualizadas, las fotos, videos, convocatorias, y otras bondades de las redes sociales, como la posibilidad de trascender el tiempo y los espacios geográficos, han constituido una poderosa herramienta de relevancia para la movilización social.

Si bien las redes sociales son un eficaz recurso para el cambio social, debemos tener claro que las y los usuarios en México no representamos la totalidad de la población, somos un porcentaje de menos de la mitad, y de ese porcentaje, no todas y todos están interesados en temas políticos. En ese sentido, y desde mi experiencia como cibernauta en Twitter y Facebok, sin ánimos de estereotipar, ni mucho menos erigirme como juez moral, puedo, hasta la fecha, observar tres distintas maneras en las que se ha abordado el caso Ayotizinapa en las redes sociales: indiferencia, banalización y activismo.

Indiferencia

Durante todo este tiempo, desde lo sucedido Ayotzinapa, hay un sector de los usuarios activos en redes sociales que han permanecido omisos a cualquier tipo de información relativa al tema, notas, memes, opiniones, likes, todo lo que implique que su comunidad vislumbre en el o ella alguna postura política. Y claro, más allá de reconocerle su derecho, no deja de llamar la atención que en un momento de crisis nacional, donde se vuelve necesaria la palabra de las y los ciudadanos desde cualquier plataforma, particularmente en las redes sociales que se ha vuelvo fuente de información para los medios de comunicación más populares en el país, el silencio siga siendo una opción, porque como dicen algunas y algunos expertos, perpetúa, incluso empeora, la espiral del silencio, entendido a éste como la idea principal de que usuarios y usuarias de redes sociales se callan opiniones si creen que no forman parte del consenso o su opinión no es mayoritaria. Una de las consecuencias de este mutismo es  que la opinión de la mayoría se impone sobre las posibles divergencias y se crea un orden de lo políticamente correcto o aceptable.

En este sentido, y por la particularidad del caso Ayotzinapa, la importancia radica, desde mi perspectiva, en leer el silencio como síntoma de desigualdad social, es decir, más allá del mutismo, hay una ausencia de identificación con el dolor y la rabia que siente una gran parte de las y los mexicanos, esta ausencia de empatía puede estar asociada a muchos factores como la naturalización de la violencia, la idea de superioridad basada en la condición de clase o al individualismo producto de un sistema económico capitalista que se opone moralmente a la solidaridad.

Banalización

Por otra parte, también he observado que un grupo de usuarios y usuarias replican de manera superficial y manipuladora la serie de hechos violentos generados en nuestro país. Este sector se caracteriza, en su mayoría, por gente politizada, muchas y muchos afiliados o simpatizantes de partidos políticos que consideran en su discurso que los hechos han sido casos aislados y no reconocen la responsabilidad del Estado, por lo que rechaza la movilización en las calles como una vía para expresar el descontento social. La indignación de este grupo de usuarios se reduce, por ejemplo, a lamentar dramáticamente la pinta de paredes o inmuebles y a denostar constantemente la crítica de otros usuarios y usuarias con adjetivos como “chairos”, “vándalos”, “pejezombies”, entre otros.

La banalización se expresa también en quienes ven el caso con oportunismo y se erigen en las redes sociales como líderes morales a sabiendas de una reputación cuestionable y conocida en el Estado, como diputados, ex diputados que intentan posicionar su participación social para sostener su puesto de poder; también los “wannabe” (traducido como “querer ser”), “poseros” (persona que finge), o “snobs” (persona que imita estilos), es decir, personas que reproducen la irritación y la expresan con el fin de mantener sus relaciones sociales con aquellos que consideran distinguidos, generalmente a la clase intelectual o artistas con prestigio, por ejemplo quienes una vez que vieron la presencia del pintor Francisco Toledo en una marcha le dieron duro y tupido a sus post.

Activismo

En este rubro se ubican ciudadanas y ciudadanos politizados con alguna postura ideológica que generalmente se dedican fuera y dentro de las redes sociales a participar en la vida pública. Estos usuarios y usuarias informan, promueven la discusión, convocan y asisten habitualmente a algún tipo de manifestación social. Las y los activistas articulan a actores colectivos utilizando recursos y estrategias  tecnológicas, por lo que están de alguna manera conectados entre sí, cuentan con páginas para comunicarse, documentan, reportan y establecen redes de intercambio de opiniones, sus discursos habitualmente se ven comprometidos con algunos derechos humanos. En este rubro también se ubican ciudadanas y ciudadanos que a partir de este hecho, y de manera genuina, se han sumado a la serie de protestas en redes sociales y en las calles.

Si bien este sector propone y actúa, puede correr el riesgo de invertir sus energías en enterarse de lo más reciente y/o participar en movilizaciones que en trascenderlas en una agenda nacional: tarea nada fácil.

http://www.oaxaca.media/politica/ayotzinapa-en-las-redes-sociales-indiferencia-banalizacion-y-activismo/

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