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apunte feminista

"La única manera de caminar para el ejercicio de la libertad es caminar dentro de ella.”

No madres, mujeres disidentes

Anel Flores Cruz

OAXACA, Oax. A lo largo de nuestro recorrido biográfico, muchas mujeres crecimos con la idea de que ser mujer era sinónimo de ser madre. La moral hegemónica nos dictó desde pequeñas la maternidad como un mandato que, a medida que fuimos creciendo, acomodamos a nuestra vida a partir de las experiencias propias y posibilidades vitales. Para muchas mujeres la maternidad no es un tema que deba discutirse, pues se asume como parte de la identidad en tanto mujeres, por ello la complejidad, porque aparentemente cuestionarse y decidir es un privilegio a las que pocas mujeres pueden acceder en un país donde la educación sexual continúa siendo un tabú en las familias y escuelas, donde las políticas encaminadas a la reducción de embarazos adolescentes no deseados son un fracaso, donde muchas mujeres son madres como resultado de la prohibición del aborto, de una relación violenta, de una violación, o como consecuencia de una sociedad precarizada.

En este contexto, desear y decidir libremente es una prerrogativa que pocas mujeres pueden tener. Las que deciden ser madres se enfrentan a una serie de contradicciones de nuestro tiempo y de una sociedad que impone patrones sacrificiales para ser una buena madre, aunque hay algunas (las menos) que han podido romper con estos moldes y han optado por replantearse una maternidad sin tanto drama y dolor.

Por otra parte, las no madres, es decir, las que nunca fueron madres, o las que están en edad reproductiva y no quieren ser madres (15% en México según datos de ENADID-INEGI 2006), representan dentro del orden simbólico lo otro dentro de la misma otredad, una especie rara que resulta desconcertante, sospechosa y amenazante al cumplimiento del orden femenino.

Enunciar el deseo de no ser madre puede provocar expresiones hirientes y hostiles, como la expresión “quien no engendra hijos, engendra tumores”. La decisión se somete a la aprobación de una moral patriarcal que juzga las como egoístas, inmaduras, comodinas, condenadas a vivir con culpa y en soledad.

Optar por la no maternidad es una decisión compleja que no se da de un día para otro, que se construye a partir de lo que se piensa, se siente y de cómo se percibe y se quiere interactuar con el mundo. No significa ser mejor o peor persona, como tampoco garantiza la plenitud. Pero cuando la decisión de no ser madre se enuncia abiertamente (consciente o inconscientemente) convierte a éstas en mujeres disidentes de una identidad femenina, poniendo en entredicho un orden simbólico con efectos políticos.

Con simbólicas quiero decir que, las mujeres que no habitan una identidad de maternazgo, no comparten los rituales que marcan los hitos de la mayoría de las mexicanas: el baby shower, el primer parto, la fiesta de presentación, los festivales del día de la madre, etcétera. Rituales que tienen el poder de conferir sentido social a la vida de muchas mujeres. Esto desde luego no significa que las no madres no construyan sus propios rituales, ni que el sentido social quede anulado, y mucho menos que deban ser sujetas de lástima.

Por otra parte, nombrar la decisión o ponerlo en la mesa para generar diálogos o incluso polémica se vuelve un tema político que favorece la tolerancia y el respeto hacia la diversidad de las mujeres, y se vindica al mismo tiempo el derecho a decidir sobre la consciencia, el cuerpo, los tiempos y los espacios de libertad. El día en que la sociedad acepte que la maternidad puede decidirse, las mujeres viviremos mejor, con menos miedo, con menos culpa y con mayor autoestima.

La no maternidad es una tendencia -no una moda como dicen algunas revistas- porque siempre ha existido. Tampoco es producto del individualismo neoliberal, como dicen los más patriarcales. Es, por una parte, el efecto de una sociedad machista y desigual que no brinda a las mujeres opciones para vivir una maternidad digna y plena; y por otra, el resultado de reconocerse como persona libre que puede decidir el rumbo que quiere dar a su vida. Al final cada mujer tendría que decidir el cauce que quiere dar a su existencia.

Publicado en Oaxacamedia el 13 de noviembre de 2017
http://www.oaxaca.media/politica/politicaygenero/no-madres-mujeres-disidentes/

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LA VECINA

-Mira hacia arriba, pon las piernas en la pared y cierra los ojos. Ábrelos. ¿Qué viste?

-Nada.

Fernanda hacía experimentos que nunca entendía. Un día se desmayó por apretarse muy fuerte el pescuezo con una pañoleta. -Se siente raro, decía mientras intentaba convencerme.

Mi madre siempre se sentía incómoda por la cercanía con Fernanda, la hija de Milagros, una mujer que vivía con la necesidad de mostrar superioridad sobre otras mujeres del barrio. Ella siempre vestía con ropa cara que le traía don Fausto, el padre de Fernanda y Camila, su hermana pequeña. Fausto era un hombre ausente que vivía en diferentes lugares.

Un día le dije a mi mamá que quería estudiar en el Instituto Minerva: -con Fernanda y las monjas, mamá. Mi mamá no lo pensó dos veces y me dijo con mucha autoridad, como pocas veces, que las monjitas no me enseñarían lo que aprendo en mi escuela, una escuela pública a la que todos los días llegaba caminando acompañada de al menos diez vecinitos del barrio.

Otro día le dije a mi mamá que iría al coro de la iglesia con Fernanda. Ella sonrió, pero no dijo que no.

El primer día (y el último) me tocó el pandero. Pero a la media hora de esta ahí me di cuenta que ese era un instrumento aburrido que se le asignaba a las niñas que no tenían permiso de la madre superiora para cantar; es decir, que no estudiaba en la escuela Minerva.

-Ya no voy a ir, mi mamá no quiere que toque el pandero -le dije a Fernanda.

Cuando teníamos diez años -por diez días casi nacemos en el mismo día- le dije a mi madre que quería ir con Fernanda al catecismo. Ella me explicó que eso era para hacer la primera comunión. Yo le dije que sí, que eso quería.

Hice mi primera comunión en la iglesia de mi barrio, junto a veinte más, entre vecinas y vecinos de otros barrios que compartieron conmigo la iglesia. Fernanda lo hizo en la Catedral sola y tuvo una fiesta grande.

Fernanda tuvo una bici rosa, yo una morada con una canastilla en la que podía meter los labiales que mi tía Yola me regalaba de contrabando. Solíamos todas las tardes recorrer el barrio en bici, fantaseábamos sobre cómo seríamos como muchachas, los novios y la edad en la que nos casaríamos.

De las dos, Fernanda fue la primera en tener novio. Yo quería que el amigo de su novio fuera mi novio, pero él tenía una novia más grande que yo, era alta y ya tenía pechos. Era muy bonita. Pero fue hasta un año después que accedió a ser mi novio y tuve que enseñarle a besar porque hacía una cosa horrible con la lengua.

Fernanda es mi infancia y mi adolescencia, a pesar de que ambas estudiamos en escuelas distintas, fuimos cómplices casi siempre. Ella ahora tiene tres hijas. La primera nació cuando ella estaba en el penúltimo año de sus estudios universitarios.

-No quiero ser mamá -me confesó un día por teléfono.

-No lo tengas -respondí.

Ese fue el último secreto que compartimos.

 

 

Un hombre se suicidó mientras yo lo veía

Anel Flores Cruz

¿Y si él me hubiera visto antes de lanzarse al tren? Tal vez yo podría adivinar la tristeza hendida en sus ojos. O tal vez no. Y si acaso hubiera adivinado su intención, ¿sería capaz de decirle que hay vida afuera de la estación del metro? Él me abrazaría, me agradecería el gesto y saldría para darse cuenta que miento. Nunca he confiado en mi habilidad para alentar almas en desastre hacia un cómodo optimismo. Tal vez sería peor, pensaría que soy la mujer ramplona venida de un curso exprés donde se decreta con dolor una falsa felicidad, que nadie tiene, que nadie nunca tendrá. Me sacudiría con sus brazos primero y después me jalaría con él a las vías del tren, nos destriparían juntos, sería la víctima de un suicida pendejo, nadie se enteraría que mi muerte fue una muerte ridícula. Dirían que debido a mis tendencias antisociales formaba parte de una secta, por ello el suicidio colectivo, o que era mi amante de ocasión, me juzgarían, hablarían de mi gusto por los hombres feos, no es así, pero él sí era feo y mucho menor que yo… o tal vez dirían que “seguramente se habían metido algo”, eso que dice la gente que ignora la condición humana.

¿Y si en vez de pretender adivinar las intenciones del hombre, hubiera mirado fijamente los faros del tren y al mismo tiempo advertir el movimiento deambulante del suicida? Podría avisar con mis manos al conductor que se detuviera y entonces el hombre sabría que hubo alguien en este mundo que impidió su muerte, de este modo confiaría en la humanidad. No, eso sería peor.

¿Y si mejor ese día hubiera decidido no salir de la cama como era mi deseo?

Tal vez no hubiera pensado que vivir en la ciudad de México me generaba ansiedad y entonces ahora seguiría viviendo allí, tendría otra vida, o quizás no.

 

Afirmación de sí (a propósito de Nora Buich)

Recorrí callejones para llegar a ver el horizonte

Aquí el Sol se ve rojo

Comí mal, comí poco, comí mucho para saber que mi lengua es mi termómetro

Salado, dulce, pastoso. Ahora sé distinguir de este modo la vida

Tres décadas viví para saber que mi existencia no es vana

Vivo para mí porque mi ama me lo exige

Viví la muerte ajena

Una parte de mí se murió hace años, pero lo que me queda trepida y

cohabita con los paisajes más remotos y futuros

Tengo varias vidas y ahora lo sé

Tengo un corazón que sangra cuando advierte evocaciones dolorosas,

pero sigue palpitando

Es posible vivir y resucitar varias veces en un mismo cuerpo

Esta es mi tercera vida, ahora lo sé

Soy una anciana de 80 años.

 

 

 

Caravana, mitin y falta “injustificada”: crónica de un 8 de marzo

Anel Flores Cruz

OAXACA, Oax. Hace menos de un mes vi que en otros países comenzaron a convocar para hacer un paro mundial de mujeres. “Parar” significaría que las mujeres interrumpirían su trabajo, estudios, labores domésticas, y además no debían consumir ningún tipo de productos. El hashtag que sumaría la propuesta en redes sociales sería #ParoInternacionaldelasMujeres #YoParo y #NosotrasParamos. La intención de este paro era demostrar que el mundo no giraría igual sin el trabajo de las mujeres.

Al principio imaginé que este 8 de marzo sería un día apocalíptico, porque todas las mujeres pararían. Tuve una especie de visiones al estilo (es un decir) José Saramago, pero con perspectiva de género, en el que muchas, miles de millones de mujeres se juntaban en masas para protestar en las plazas, en las calles, en las empresas, en las iglesias… Luego recuperé un poco el juicio y recordé las últimas convocatorias de mujeres feministas en el mundo y en Oaxaca, y entonces caí en cuenta que “parar” podría no hacerle mucho sentido a todas las mujeres.

Días después de esta convocatoria, me enteré que en Oaxaca se replicaría este movimiento global, y por varias amigas, me mantuve informada de los acuerdos que los colectivos hacían (reuniones a las que no pude ir porque  la vida no me alcanza para estar en varios lugares al mismo tiempo). Una vez que me puse al tanto, pensé primero en las complejidades y desafíos que aún se tienen dentro del o los movimientos feministas, y también pensé en que ese día yo no iría a trabajar. Lo que no tenía claro aún era si debía burlar al sistema (o sea ir a “checar” mi entrada, salirme, y regresar más tarde) o desafiar a mi economía (es decir, aguantar el descuento en mi salario por “falta injustificada”), porque, disculpen, pero yo no trabajo en Google ni en algo parecido.

El 7 de marzo me puse de acuerdo con una amiga, la que pocas veces se pierde los eventos de protesta, para llegar juntas al punto de reunión que aparecía en los flyers; con la advertencia de que debíamos llegar temprano para poder enterarme de todo y escribir algo de lo acontecido. De modo que el 8 de marzo a las 8:40 de la mañana pasé por ella sin ninguna inconveniente y con la certeza  de que en el “godinato” este hecho se traduciría como “falta injustificada”. Nos enfilamos rumbo al Tule con el playlist  de “rolas feministas” (orgullosamente panfletarias).

Llegamos puntuales. Fuimos las segundas primeras. Supimos identificar a las compañeras porque también iban vestidas de morado. Más tarde llegaron unas amigas, y luego otras más, y de pronto ya estábamos todas las que más tarde saldríamos en caravana. Sacamos nuestros plumones de colores, escribimos algunas frases en cartulinas y coreamos consignas con las compañeras de la batucada: “Ante una violación, machete al cabrón…”. Son las que ponen siempre el ambiente, dice una amiga; las más punk, digo yo. Y sí, son las que siempre van y siempre prenden a toda la banda feminista.

Aproveché que aún no salíamos para entrevistar a varias de las asistentes, quería que me dijeran por qué era importante salir a las calles. Una me dijo que sus razones para salir a protestar es que “todavía hace falta mucho para alcanzar los derechos e igualdad entre mujeres y hombres”; otra, que “es importante manifestarse como una manera de alzar la voz e intentar que los otros y las otras nos escuchen”, que “como mujeres hemos sido históricamente discriminadas, porque nos siguen matando, nos siguen acosando, nos siguen violando”, y en ese sentido, “es importante que se den cuenta de lo que estamos viviendo como mujeres”.

Mientras hacía las entrevistas, compañeras de trabajo enviaban mensajes por WhatsApp para decir que las habían reunido para darles unas rosas y una tarjeta que decía: “A ustedes, fuente insustituible de apoyo y calidez para los hombres”. No me quise quedar con la emoción contenida y se la mostré a quien más cercana tenía. “¡No mames!”, me dijo mientras se reía.

Continué con las entrevistas, quería preguntar a una de las iniciadoras de las actividades por qué habían decidido que la salida en caravana sería desde el COBAO del Tule. Ella expresó que en 2016 hubo varios incidentes de parte de taxistas contra algunas usuarias: “Ha habido abusos por parte de los taxistas de la ruta Oaxaca-Tule y no queremos dejar de denunciarlo (…), también afuera del COBAO hacen su base los colectivos y las chicas estudiantes reciben muchos acosos. Estamos aquí para que ellas vean que las apoyamos y los colectivos vean que ellas no están solas”, expresó.

El mitin comenzó, y mientras una compañera leía con mucha fuerza y decisión: “Salimos a las calles a recuperarlas porque lo necesitamos, porque nadie lo va hacer por nosotras…”, otras compañeras intentaban con dificultad quemar un taxi de cartón. “Para la otra lo hacemos de cartulina”, comentó alguien.

“Sabemos porque nos siguen desapareciendo, invadiendo nuestros cuerpos cada día, nos matan, nos violan, nos limitan, nos desaparecen, nos chingan por desobedecer al pinche reglamento patriarcal que nos quiere sumisas (…)”, escuchábamos, mientras veíamos cómo se encendía por fin el taxi de cartón.

Después de un rato, llegó el momento de enfilamos, las que encabezarían la caravana serían las Femicletas, un grupo de mujeres que promueven el uso de la bici como herramienta para su autonomía, y luego, las que íbamos en auto. Llegaríamos en aproximadamente una hora y media al siguiente punto de reunión, para después hacer la marcha rumbo a la UABJO y protestar por el caso de Arturo Ruiz López, un profesor señalado como violador. Más tarde partiríamos de la UABJO al parque del amor, la siguiente parada donde finalizaría la ruta de la protesta con actividades culturales. Un camino largo nos esperaba.

No paramos todas, pero ya somos más que antes

 No todas paramos. Algunas ni se enteraron, algunas no pudieron, algunas no quisieron, algunas nos tienen miedo, y algunas aprovecharon el día para meter el tema en sus espacios laborales. Pero esta es la historia del feminismo como movimiento. “Ya estamos acostumbradas” dice una amiga. A veces funcionan nuestras estrategias y a veces no, pienso. Y también de eso hemos aprendido, porque sabemos observar, discutir y replantear, porque somos necias, porque somos creativas, porque ya nos dimos cuenta que cada vez somos más, y  no nos vamos a callar.

 

Publicado en Oaxacamedia el 9 de marzo de 2017:

http://www.oaxaca.media/politica/opinion/caravana-mitin-y-falta-injustificada-cronica-de-un-8-de-marzo/

I N S O M N E

Anel Flores Cruz

 

En un callejón oscuro se acercó a mí y me dijo que necesitaba que le ayudara, que su hijo estaba preso, que había matado a alguien.

Eso le decía a Luis hace unos días mientras rumbo a Etla le contaba mi sueño.

Todo el día pensé en esa mujer, que por alguna razón era muy cercana a mí. Usaba un huipil negro, como de luto. Detrás de su rostro se entallaba  una trenza muy larga que se desvanecía entre las raíces de un árbol que cubría su sombra.

Pensé que quizás eso podría ser un mensaje: alguien me necesitaba. Luego pensé en las historias metafísicas que la teosofía ampara con tanta seguridad. Quizás sí existen almas que en los sueños nos salvan y este era mi momento. Quizás tendría una experiencia surrealista que me conectaría con mundo menos ordinario o al menos tendría una historia para escribir y salir de mi profunda sequía.

Así pasaron las horas. Cada vez que recordaba a la mujer pidiéndome ayuda, me emocionaba la llegada de la noche, estaba excitada, algo pasaría.

La noche llegó y estaba lista. Cerraría mis ojos y entonces ella aparecería.

Algo raro pasaba, no lograba dormir.

Algo raro pasó. Son las cuatro de la mañana y sigo despierta.

Amanece. Amaneció. Alguien toca mi puerta.

 

 

Acoso sexual callejero, la violencia cotidiana que nos tiene fastidiadas

Anel Flores Cruz

Texto publicado el 24 de noviembre en Oaxacamedia: http://www.oaxaca.media/politica/politicaygenero/acoso-sexual-callejero-la-violencia-cotidiana-que-nos-tiene-fastidiadas/

Hace un par de años rumbo a la ciudad de México, en el autobús del ADO, un tipo que fingió estar dormido intentó meter sus manos entre mis pernas. Otro día, otro hombre, que transitaba en su bicicleta, mientras yo caminaba por la calle Hidalgo (en pleno centro histórico), me tocó las nalgas. A una amiga, desde la ventana de un carro, le apretaron los senos mientras ella caminaba por Crespo; a otra  le chiflaron y le dijeron que “estaba como para violarla” en una calle de la colonia Reforma; a otra la siguieron mientras la insultaban en avenida Universidad. Y así, podría citar muchas más experiencias desagradables de mujeres cercanas a mí que viven en la ciudad de Oaxaca.

Lo anterior como ejemplo real de la experiencia subjetiva de ser mujeres y vivir en una sociedad machista, donde no importa si cumples o no con los estándares de belleza hegemónica (o sea, si creen que eres fea o guapa), no importa si vistes cubierta de todo el cuerpo o descubierta, si caminas por una avenida iluminada o a oscuras, si eres joven o no tan joven, si tienes algún grado académico o no, a casi todas (por no decir todas) nos han fastidiado la tranquilidad que puede dar caminar por las calles.

Habrá quien diga, desde sus prejuicios, que los hombres también son acosados en la vía pública, que mujeres desconocidas les chiflan, que los tocan y que amenazan con violarlos por tener unas “bonitas piernas”; o quien diga que la culpa la tenemos las mujeres por “andar provocando”, porque seguramente nos levantamos todas las mañanas pensando en qué ropa podemos ponernos para que nos insulten; también hay quienes dicen que “no aguantamos nada”, que se trata de halagos de buena onda, porque nada más dulce que un desconocido te diga “estas bien rica” o “adiós mamacita”; o quienes se ofenden de que nos ofendamos, porque “ya no se nos puede decir nada”, porque “todo lo tomamos como acoso”, como si tuviéramos algún problema cognitivo (o sea tontas) que nos impide distinguir entre un halago real y una expresión de acoso sexual. La diferencia en todo caso será siempre el consentimiento. Los halagos o piropos generalmente se dan entre personas conocidas, si estos provienen de un desconocido y además hacen alusión implícita o explícita a la sexualidad de las mujeres, se convierten en acoso.

Muchas mujeres hemos desarrollado la “habilidad” para leer las intenciones de algunos hombres y el peligro cuando caminamos por las calles, nos cruzamos la acera, nos detenemos a fingir que revisamos nuestros bolsos o nos metemos a algún local para evadir el peligro, y no es que tengamos ese “don” o que  sea parte esencial de nuestra naturaleza, es más bien el resultado de una cultura que ha tolerado y se ha vuelto cómplice de prácticas machistas que siembran en las mujeres desde pequeñas la semilla del miedo. Y por si acaso hubiera dudas, según el Colegio de México, 93 por ciento de las mujeres han recibido miradas libidinosas, 69 por ciento ha sufrido acercamientos indeseados, 39 por ciento ha sido víctima de persecución y 50 por ciento ha sido tocada en las calles.[1]

Quizás habría que respondernos los motivos que impulsan a algunos hombres a acosar a las mujeres: ¿será un acto consciente o inconsciente? (en cualquiera de los dos casos no los exime de su responsabilidad), ¿será que alguna vez alguien les dijo que eso les hacía atractivos?, ¿o que en algún momento de suerte alguna mujer le respondería y saldría con ellos?, ¿es posible que en molestar a las mujeres muchos hayan encontrado la mejor manera de no aburrirse de su triste vida?, ¿será que necesitan reafirmar su masculinidad y/o heterosexualidad y esta es una forma más de hacerlo?, ¿acaso es responsable una cultura que nos alecciona para creer  que el cuerpo de las mujeres es de consumo colectivo de los varones sin importar que las mujeres tienen la facultad de decidir?, ¿será que nos están cobrando de manera simbólica el uso de los espacios públicos que antes era predominantemente masculino? Y, finalmente preguntarnos ¿cómo podremos las mujeres (las más interesadas) detener el acoso sexual de los hombres?, ¿en qué momento los hombres asumirán su responsabilidad?

El acoso callejero es un tipo de violencia simbólica que expresa la asimetría de poder entre hombres y mujeres, es un problema de la desigualdad de género, porque cualquier hombre, independientemente de su condición económica,  puede convertirse en un acosador, aunque muchas veces en el imaginario nos remitamos a albañiles o comerciantes ambulantes, también la experiencia nos dice que los hombres en carros lujosos, diputados o rectores de universidades, por ejemplo, han abusado del poder que la sociedad machista les otorga.

La buena noticia es que ante el hartazgo, que no es nuevo, las mujeres conscientemente han decidido poner el tema sobre la mesa y la agenda pública. En México se han emprendido desde la creatividad feminista y haciendo uso de  los medios digitales, una serie de campañas que evidencian estas prácticas, como el video de “Las morras enfrentan a sus acosadores”[2], o en abril de este año en redes sociales, previo a la Movilización Nacional contra las Violencias Machistas que se celebró el 24 de abril de este año, miles de mujeres narraron con el hashtag  “#Miprimeracoso” sus experiencias frente al acoso sexual, lo cual dio pie a que el tema se mediatizara a nivel internacional como un asunto que afecta a más mujeres de las que creemos, y sobre todo, pudimos darnos cuenta con vergüenza y preocupación que muchas mujeres han tenido su primer acoso desde la infancia.

No obstante, a pesar de que el tema se ha hecho público, no todas las mujeres pueden reconocer las repercusiones de este tipo de violencia, porque también hemos aprendido que el silencio es la respuesta más favorable para no “meternos en problemas”, porque “calladitas nos vemos más bonitas” y porque el enojo, la frustración y la impotencia en las mujeres, muchas veces termina como una sentencia de neurosis.

En Oaxaca muchas mujeres han expuesto el tema en el interior de sus colectivos, entre amigas, compañeras de oficina, primas, vecinas, y también en redes sociales se han compartido una serie de estrategias que van desde responder al acoso cuando el entorno es seguro, es decir cuando hay personas alrededor que puedan intervenir, o incluso se han promovido talleres de autodefensa como respuesta al acoso. Lo cierto es que la mayoría de las mujeres coincidimos en que “de camino a casa queremos ser libres, no valientes”, porque las calles también son nuestras.

 

[1] http://www.eluniversal.com.mx/articulo/nacion/politica/2016/10/21/impulsa-prd-tipificar-acoso-sexual-callejero

[2] Video. Exhiben “Las Morras” acoso sexual en calles CDMX: http://www.radioformula.com.mx/notas.asp?Idn=593107&idFC=2016

Por nosotras mismas, nuestro segundo aniversario

círculodelectura

Anel Flores Cruz

A lo largo de nuestra experiencia de vivir como mujeres adquirimos una serie de mensajes con mandatos en torno a la condición femenina, de lo que se premia y castiga en una sociedad tan machista como la nuestra. Difícilmente las mujeres logran calzar la idea de “buena mujer”, algunas lo intentan persistentemente; hay quienes mueren en el intento (literal); otras lo padecen desde sus cautiverios: las monjas, las putas, las presas, las locas… y otras, conscientes de lo que sucede, intentan desenmarcarse, y desde un sitio distinto se debaten entre las formas tradicionales y modernas de ser mujer, se buscan, se reinventan y se definen -en estas últimas nos hayamos quienes integramos este círculo de lectura.

Así, desde nuestra diversidad observamos las muchas posibilidades de ser humanas.

Sin duda, los libros, como puentes de comunicación, nos han permitido encontrarnos con mujeres de otras tierras y otros tiempos, nos ha permitido ver nuestros fantasmas y nuestras contradicciones, pero también es cierto que sin las herramientas que nos brinda el feminismo no podríamos hacer la lectura de nuestras opresiones personales y colectivas. No podríamos, por ejemplo, reivindicar este espacio (el círculo de lectura) desde la autonomía, ni explicar por qué para las mujeres el acto de leer puede resultar emancipador, que el hecho de reunirnos periódicamente a comentar las lecturas, representa una tipo de subversión a la feminidad tradicional y a la idea de que entre mujeres no podemos tener pactos.

Asumirse feminista en estos tiempos no es tan peligroso como antes, a los ojos de muchas personas, sigue siendo un acto de sedición y no de justicia, pero cuando se cuenta con una red como la nuestra, la tarea es más fácil y placentera.

Y bueno, podría seguir enumerando las bondades y privilegios que brinda este colectivo, pero me gustaría compartirles algunas expresiones de mis compañeras y ahora colegas de la vida respecto a este espacio y sus aprendizajes:

“El círculo son estas mujeres, en un principio desconocidas, que he venido queriendo, sintiendo, acercando más a mi corazón y mi razón…es un  reto personal y colectivo, es mirarme en el espejo y comenzar a ser feliz con lo que miro.”

“Es un espacio acogedor en el que puedo ser yo misma y compartirme con otras mujeres, en el que podemos ser lo mismo críticas intelectuales, que expresivas creativas, que apoyo moral y emocional”.

“Me gusta leer entre mujeres a otras mujeres porque mi mirada está más abierta y mucho más alerta a una reflexión constante que busco llevar a mi cotidiana. Porque leernos entre mujeres es una toma de libertad y un respiro de esperanza.”

“El círculo reúne diferentes mundos en uno mismo”.

“Ha significado un escape de la vida diaria por vías inimaginables, significa la reivindicación de mi identidad como persona, el resignificando de una vida que consideré intrascendente”.

“El caminar es más liviano cuando se cuenta con las cómplices más venturosas y la lectura te enseña más cuando es compartida.”

“A nivel intelectual me ha despertado el interés de leer a autoras que no conocía, he sentido más cercana la literatura en mi vida. He aprendido a ser tolerante”.

“En el círculo conocí el feminismo, no desde el discurso, sino desde la práctica”.

“He aprendido a querer, confiar y compartir. Tres cosas que son difíciles de lograr todas al mismo tiempo.”

“Es un espacio de reencuentro, sanación, reflexión, acompañamiento, pero sobretodo de empoderamiento.”

“Pude abrirme a compartir mi propia historia entrecruzada con cada lectura de los libros que vamos revisando, entre mezcales y/o vino que también hemos degustado, con placer y algarabía.”

“Es un espacio seguro, libre, cordial y amoroso. Es un sueño hecho realidad, para muchas que leímos muchos años en soledad, representan al conjunción de un ejercicio solitario que genera placer individual y colectivo.”

 

Por nosotras mismas

FELIZ SEGUNDO ANIVERSARIO

Sobre la nostalgia de mi madre

jalapa

 

 

Teresa Cruz Calderón

Aún no aclaraba el día cuando llegué a la casa de mi abuela. Al entrar por la enramada, todo era silencio, todo era quietud; no pronuncié palabra alguna para no despertar a alguien, entré calladamente y me acosté en una de las hamacas que allí estaban.

 

Allí permanecí largo rato, adormilada, esperando el amanecer, de pronto, sentí unos suaves golpecitos en los pies, ¡oh!, eran dos niños que curiosos me observaban y luego sonriendo se retiraron y se acostaron en la otra hamaca.

 

Pasaron los minutos y empezó a aclarar el día, el ir y venir de mis primas al realizar sus actividades cotidianas me indicaban que yo estaba de visita.

 

Me levanté entonces de la hamaca y me asomé a una pieza de la casa, observé que cubiertas con sábanas blancas dormían apacibles mi abuela y mi tía Inés.

 

Sin decir palabra alguna di un paseo por toda la enramada, caminé en silencio recordando aquel lugar donde tantas veces jugamos cuando niñas mis primas y yo.

 

De pronto, vino a mi mente algo y apresuradamente salí al patio. ¡Oh! el árbol de mezquite donde amarraba mis tíos sus bueyes después de una jornada de trabajo. También estaba la carreta, nuestro lugar preferido para jugar.

 

Aún percibía el olor a pan recién horneado que hacía mi tía Adolfina, ¿pero dónde estaba mi tía? No la había visto desde hace mucho tiempo, tanto tiempo que su imagen se desvanecía en mis recuerdos. Claro, ella también dormía. Mi abuelita se me hacía presente, primero sentada en su butaca a un lado de la hornilla tostando sus tortillas en el comal, después fumando un cigarro y mirando al infinito. Mi tía Inés, delgada y regañona haciendo flores y adornos de papel.

 

Pero allí estaban, las veía acostadas todavía, dormían y así seguirán, no despertarán porque desde hace mucho tiempo las tres fallecieron. Solo fue un sueño.

 

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